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Berisso y su memoria

Atardecer

13:55hs
viernes 1 de enero, 2021

Por Juan F. Klimaitis

El hombre está sentado a orillas de la noche. No hay siquiera un susurro de viento; se ha refugiado en el follaje más denso de la arboleda. Es verano y sus clamores están ausentes. Han marchado al interior de las viviendas, allí donde mora la familia. La calma es ostensible, parece que puede ser palpada, material. Pero no. Es únicamente la impresión última del día que pretende reposar, olvidarse del ajetreo de sus muchas horas invertidas en movimiento. De marcar una tilde en la procesión anual del calendario.

Bebe de su vaso de soledad. Apenas unos sorbos lentos, con la gracia de la sonrisa sutilmente definida en sus labios, dirimida en el descanso de los brazos. Usufructo de un trayecto que le pertenece, tras años de labor y jubilación con estímulo de haber vivido en paz. Observa con genuina curiosidad, deseoso de remediar su pasividad. Está a cierta distancia de las cosas que conoce y los objetos que se perfilan en un horizonte aferrado a la vislumbre. Nada parece vacilar, ni las hojas frescas del anciano árbol, ni la pared vecinal o la férrea silueta de ladrillos de la dominical parrilla. El silencio más cerrado ha pintado todo lo que llega a ver. Su pátina envuelve con inmutable vocablo el instante, lo existente, lo inasible. Mira con ojos dibujados en un rostro gradualmente impreciso por el ocaso, aquel paraje de terreno que le concierne. Que lo ha sido por heredad de sus padres, inmigrantes de un tiempo lejano y ya relegado a pocas y antiguas fotografías amarillentas.

Apenas parpadea en la longevidad de la jornada. Sigue sin comprender la identidad de esa acuarela que se destiñe. Solo advierte que allí está y del cual es ermitaño espectador con muchos años caminados. Puede que también, un fugitivo de las leyes del hombre rutinario que desea una tregua, un respiro a su propio apuro, que bien alcanzó siete décadas de preguntas en tantas tardes sin respuesta. Incógnitas por descubrirse en el misterio de la edad que le resta.

Moja de nuevo su boca en el apagado vidrio que contiene el vacío. Inoperante acción que hace por sugestión de su instinto. Conoce que está allí por necesidad imperiosa de cierto motivo. Piensa que es juguete de las circunstancias, del reloj que le ha dicho el exacto momento de acomodarse en la silla poltrona de su apetito usual de respiro. De abandonarse a la práctica vespertina de contemplar la evanescencia del sol, a menudo, tras un andamiaje de cenicientas nubes embebidas en rosa.

Ha jugado con sus nietos en el amplio patio de la vivienda. En esa huida azarosa de la pelota entre sus pies, ha conjugado el cansancio en su musculatura, la misma que alguna vez no le hubiera negado regodearse con una mayor cosecha de regocijo con los pequeños. Ahora yace en lasitud, modorra que esa etapa del día concede a sus maduros clientes. Prevé que es dueño absoluto de saborear la pausa y poder decir adiós a la luz, al epílogo de ese período de veinticuatro horas.

El oro del final va lamiendo el ya añejo verdor de la fronda. Es como si quisiera teñir de candor con caricia femenina, esa mejilla de clorofila. Plácido intento de la vertiente de fuego de un oeste inflamado. El silencio permanece. El hombre parece no respirar, tal su trance en aquella serenidad que lo embarga. Un menguado trino de despedida escapa de un zorzal, diríase una chispa de tenor durmiente. Un rayo de luz poniente, de repente, salpica de bronce molido su frente, delineando la veteranía de sus arrugas. Entorna los párpados, domeñados por el sopor de tanto sosiego. Al aventar con su mano un imaginario insecto, levanta la mirada y tropieza con el castizo añil del cielo. Por mera casualidad, un ave que retorna al dormidero tendiendo las alas con callada virtud, encuentra sus ojos, perdidos por entre el cemento humano. Mortal y silvestre, se saludan con guiño intuitivo. Sencillo gesto de la dualidad del entorno.

Quisiera levantarse, pero es tal su compromiso de solitario retiro, que todo su ser se resiste al cambio de actitud. Ni aún el gredoso aroma de cierto leño quemándose, tenue mensajero que infunde evocación de fogones en la profundidad del monte chaqueño, lo aleja de su muelle comodidad. Presiente que todavía falta otro intervalo en su estadía silente. No hay voces que disturben su intimidad, ni pensamientos dispersos que se incauten de los segundos vividos en ese tránsito hacia su propio yo.

La frugalidad del crepúsculo, poco a poco, deja percibir su primitiva balada de colores por sobre el confín de chapas de Berisso. Al conjugar mutismo y quietud, de su paleta huidiza exhuma la tiniebla magnífica de aquel estío, cubriendo las formas de suave carbonilla. Justo homenaje a cualquier presente que habite el destierro del mundo. El recuerdo, templanza de lo perdurable, acude junto al telón descendente de la oscuridad. Ya es tinta supuesta en hombre. Si ve sus manos, es por aceptar el juego de esa realidad. O, por el contrario, dejar estarse en el vaivén de los postreros minutos de su estadía con la meditación. Sabiduría que ha cultivado por muchos almanaques recorridos, por tantos años de trabajo y largos viajes por calles repetidas. Valora ese instante que ha ganado con creces, al perseverar con su paciencia y la compañía de una tarde que también se jubila.

Un grillo proviene con su gesto para llevarle música. Rumor exiguo que lo sumerge en la alianza con la noche que ha llegado sobre él. Definitivamente. Sabe que regresará a la nada. Como lo ha sido en un principio. Pero no claudica, pues sigue siendo feliz. Por lo que tuvo y lo que no quiso tener.

Hombre y sombra, son una misma cosa…

lepidop@fibertel.com.ar

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