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El final de una infancia

10:35hs
domingo 3 de octubre, 2021

Por Juan Francisco Klimaitis

Ángel Polo

Fue una esquina humilde, sencilla como el pasar de los trabajadores rumbo a la fábrica. Ostende e Industria, intersección de un barrio de inmigrantes. Allí nos conocimos, en la parada frente al local de lo que fue llamado popularmente el “salón árabe”. Hijo, él también de gente honrada, dedicados nuestros padres a los oficios de sastre y carpintero respectivamente, y ellas, nuestras madres, a regentear el arte de la vivienda doméstica, en todos sus aspectos. La familia Polo tuvo dos hijos, “Cachito”, el menor y “Titi”, el mayor. Con ambos iniciamos el camino hacia el rumbo que nos proponía el destino. Fue el tiempo de la felicidad, del olvido de las penas, de variado tipo de travesuras; del juego sin pensar en la maldad o el daño intencional.

Así las cosas, hasta que llegamos a la adolescencia, cuando el Colegio Nacional nos llamó a sus aulas para enseñarnos la senda de la educación, el valor del trabajo y la conciencia de la verdad. Pero jamás dejamos de estar juntos. Con “Titi” hicimos de la existencia un modo de vida, paradójicamente. Éramos muy jóvenes, pero creíamos en la plenitud de estar insertos en una comunidad con oportunidades de empleo y estudio, con una moral distinta a la actual. Fuimos muy traviesos. Así cuando jugábamos a “las aventuras”, imaginando cada cual ser un héroe por antonomasia, con pistolas de rayos en las manos, espadas y escudos de caballeros medievales, piratas con arcabuces y goletas o vaqueros con enormes revólveres, también teníamos una inocente picardía para divertirnos con la mirada ajena, por actos que recreábamos en veredas y calles nocturnas. Simples acciones de espíritus inquietos, sin pensar siquiera en robar un céntimo a nadie o golpear al prójimo. Con pocos automóviles y casi ninguna motocicleta.

Él se hizo periodista. Lo llevó en la sangre como nadie. Sus venas rebullían en la necesidad de hacer textos, editoriales, artículos o breves notas, tal su facilidad de llevar el lenguaje ya maduro, a la población. Lo hizo a través del Diario “Gaceta de la tarde”, edición vespertina de su versión matutina de “El Día”. Entre tinta, muchos papeles y ese aroma particular de la hoja desprendiéndose de la rotativa, fue creciendo en la fama de tal prestigioso oficio. Atendía con agrado la corresponsalía de tal periódico sobre la calle Industria, frente mismo de su lugar de residencia primera. Asimismo, recorría instituciones, asistía a asambleas diversas, Concejo Deliberante de Berisso, quintas en Los Talas y cuanta necesidad popular lo urgía para hacerlo visible en noticias.

En cierto momento, halló a Delia, la que fue su compañera de por vida. Ella, estudiante en medicina, al recibirse, tuvo ocasión de poder radicarse en Misiones, dependiente de la empresa Alto Paraná. Ya, instalados y en matrimonio, con un hijo, Marquitos, lucharon a brazo partido en mitad de la selva y a la vera de un pueblo de raigambre maderera, Gobernador Lanusse. Al cerrarse y morir literalmente la razón de ser financiera de ese ámbito, se ubicaron en Wanda, original centro de vertiente polaca. Fue desde aquí donde menudearon conmigo las cartas y a la postre, los correos electrónicos. Tras ellos los telefonemas y por último los Whats App. En el terreno que compraron, construyeron su nido de amor, luego un amplio quincho y posteriormente, varias cabañas para turismo. Su segunda hija, Anita, añadió más felicidad al hogar.

Con mi esposa, Stella, los visitábamos cada verano, para quedar con ellos por semanas, tal el afecto que nos mantenía en fraterna unión. Pudimos apreciar la enorme biblioteca, hemeroteca y discoteca que poseía “Titi”, miles de productos de su incansable vocación por el periodismo: textos sociales, políticos, literatura internacional, diarios, revistas, casetes, discos de larga duración y cuanto material pudiese servir a la divulgación masiva en el territorio norte de la provincia de Misiones. Pues, además de hacer periodismo, publicó poemarios de hermosa contextura espiritual, sobre la naturaleza silvestre, historia de aldeas desaparecidas en el monte y por último, por años, sostener un periódico en colores de contenido regional, propendiendo a la conciencia ambientalista y al conocimiento de las cataratas del Iguazú y las reservas provinciales. Hizo muchas presentaciones radiales, con atractivos programas en vivo y con personajes de pueblo; de la misma manera, incursionó en la TV local, con idéntica capacidad creativa y llegada al público.

Calor mediante, rodeados a poca distancia de remanente importante de selva secundaria, solíamos conversar por largos instantes sobre libros, desde la infancia de los tomos amarillos de la colección “Robin Hood”, Emilio Salgari, Julio Verne; pasando por títulos como “Tom Sawyer”, “Los tigres de la Malasia”, a Lovecraft y su terror cósmico, Borges, Hudson, Lucio V. Mansilla, Cortazar y decenas de autores y títulos en magnífica y tesonera confusión. Solo para sentirnos vivos, amigos desde y para siempre, atrayendo hacia sí la edad juvenil sostenida en esas páginas inmortales. Su capacidad de escritor era excepcional. Prologó con énfasis varias de mis propias publicaciones. Chef en sus ratos libres, sustentaba la mesa con exquisitos platos salados y variedad de postres que la artesanía de sus manos deslizaba en el mantel.

Jamás olvidó su Berisso natal. Nuestras caminatas solitarias por calles de tierra, buscando la novedad de cualquier encuentro, la Nueva York con sus misteriosos recovecos exultantes de anécdotas frigoríficas, las playas desiertas palpitando gaviotas, las entrevistas a quinteros, escuchar el cántico gregoriano del Instituto Canossiano, el zumo olfativo del guano que cubría la ciudad, el rechinar del tranvía doblando la esquina de la “Bola de oro”, el bar Sportsman, la Hilandería en plenitud de labor, la extranjería de las voces europeas saludando a los vecinos en su idioma, el descanso tras la siesta en la silla de la vereda a la sombra de los plátanos, el…. ¡tanta fortuna la nuestra de haber compartido multitud de vivencias en comunión de ideas, juntando boletos de colectivo y paquetes de cigarrillos dispersos por las calles en calidad de coleccionismo…! O ir en lancha a la Isla Paulino para admirar sus hortensias, caminar la fronda densa del canal Génova y luego comer pizza en el restorán frente a la Hilandería, hoy todo ido en aras de las arcas del prosaísmo y la conveniencia de los bolsillos.

Berisso era ida y vuelta en aquellas conversaciones. Toda charla nacía y culminaba en el pueblo de nuestra matriz existencial. “Titi”, ANGEL POLO, era Berisso, nunca otra cosa. La distancia no fue óbice para el olvido. Cronista, locutor, escritor, cocinero, todo convivía en él. Nuestras almas a un tiempo, fueron una sola. Y las respectivas esposas, escuchas maravilladas de tantos recuerdos, tantas fragancias del pasado, no dejaban de admirarse por el grado de evocación de múltiples sucesos, hechos, incidentes, nombres, acaecidos en esa época que solo se vive por única vez.

Un 6 de septiembre, cerca de la medianoche, cuando a la oscuridad le da vergüenza mostrar su faceta más nefasta, partió en busca de la soledad más profunda de la nada, del silencio extremo. Para quedar en el recuerdo de quienes llevamos el gen de su amigable bonhomía.

Quizá en algún recodo de aquellos que aún yacen en el Berisso del ayer, pueda encontrarlo, carpeta en mano, libreta de apuntes y una lapicera fuente, mirando de frente al sol poniente, para llenarse de serenidad, rostro iluminado, ojos calmos y finos labios de oro transido en frases por escribir…

Angel Polo “Titi”, si te has ido, no es verdad. Continúas en la familia, en tus amistades, en la esencia de Delia, tus hijos, nietos y dentro de mí. Con seguridad, te encontraré algún día, pues tu alma de noble periodista reluce a través de cualquier tiniebla o entre la misma luz que supiste crear y llevar a la humanidad…

Que la paz sea contigo, querido amigo.

 

 

 

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