
Miramar no es un lugar ruidoso, y no estamos hablando en sentido figurado. Durante la temporada alta de verano, mientras otros centros turÃsticos de la costa parecen estar a todo volumen con parlantes y concurrencia de turistas, el ritmo aquà es más apacible: menos estrés, menos “fiestas”, más paseos. Es un lugar que no exige gastar a todo momento para que valga la pena.
Parte de esto se debe a su tamaño. El centro no es muy grande, el paseo marÃtimo es fácilmente transitable y las playas son generalmente cómodas para asegurar un lugar sin tener que luchar por cada metro cuadrado. Para familias con niños, o para aquellos que no tienen tiempo para estar dando vueltas luchando por un metro cuadrado de arena, esto es algo que podrán apreciar desde el primer momento. Por otro lado, si se busca un descanso corto, trasladarse sin coche contribuirá a esta sensación de tranquilidad: al llegar, uno se instala y listo. En caso de necesitar consultar algunas opciones, un consejo práctico es observar los horarios de pasajes a Miramar con tiempo y poder elegir un momento que permita aprovechar al máximo cada dÃa, y no llegar cuando todo esté cerrado.
Lo mejor de Miramar es que la jornada no termina en la playa. SÃ, hay extensos balnearios, lo que significa un lujo en enero, pero también existen hermosÃsimos espacios verdes. El Vivero Florentino Ameghino funciona como un “aire acondicionado†natural. No es un paseo de cinco minutos: se puede pasar una tarde entera por sus sendas, a la sombra, gozando de esa extraña quietud que aparece al alejarse de la playa e internarse en el bosque. Y en los dÃas de viento —que son bastante habituales—, el vivero es un rescate sin tener que armarse un plan B de alto presupuesto o quedarse encerrado jugando a las cartas.
En el dÃa a dÃa se puede visitar la playa por la mañana, volver al mediodÃa cuando hace calor, dormir una siesta o leer; y luego salir a caminar cuando el sol empieza a perder su fuerza. La ciudad se adapta a cada ritmo sin bombardear a sus visitantes con infinitas opciones. Hay cafeterÃas, heladerÃas, restaurantes y bares, pero no son abrumadores. Incluso durante la temporada alta, cuando la ciudad está abarrotada, la experiencia es la de un pueblo pequeño: el mismo quiosco, la misma tienda, la misma esquina en la que todos se encuentran.
Existe otro dato, que no es tan turÃstico, pero que suele observarse siempre: en general, los gastos cotidianos son menos altos que en otros pueblos con mayor concurrencia. Eso no significa que Miramar sea “barato”, sino que los precios no están tan por las nubes. Comer a un par de cuadras del mar, hacer compras para la cena en un supermercado, armar un almuerzo básico en el alojamiento; es mucho más viable cuando el entorno no está diseñado para exprimir cada billetera.
Pero en cualquier caso Miramar es para cualquiera que quiera bajar las revoluciones sin renunciar a la playa. La playa es para respirar, el bosque para relajarse, y en el verano argentino, que suele ser muy intenso, tomarse una pequeña licencia para respirar, no es poca cosa.