
Por Juan F. Klimaitis
Domingo de mayo. Mañana frÃa, con un sol apenas insinuado templando la atmósfera. Sopla una brisa leve, casi imperceptible. Juan sale hasta el borde del porche después de abrir la reja. La rutina de siempre. Observa la dorada plenitud de la floración del pito canuto. Detrás, el cielo ofrece una tonalidad celeste, calma e impresionista. El silencio del fin de semana lo envuelve todo. No pasa un caminante; tampoco un automóvil retrasado por alguna urgencia menor. Ni siquiera aparece el perro madrugador que suele vagar buscando algún alimento improbable.
Juan permanece quieto, reconciliado con la mañana. Mira hacia la izquierda: la vieja esquina de siempre. Nada. Todo parece dormir aún. Luego vuelve la vista hacia la vereda iluminada, frente a la escuela primaria ligada a los recuerdos familiares. Allà continúa la larga reja negra sosteniendo a su querida zarzaparrilla roja, que trepa el hierro como buscando una altura inexistente. Juan sonrÃe apenas.
Entonces, sobre el amarillo gastado de las baldosas, distingue algo blanco y leve. Una forma liviana, casi inconsistente, que parece agitarse apenas por voluntad de un soplo invisible. Entrecierra los ojos tras sus lentes. Comprende al fin: es una bolsa de polietileno, hinchada de vacÃo, tan blanca y común como cualquier otra.
Una sonrisa Ãntima y sincera le nace en los labios.
La observa sin apartar la mirada. La bolsa permanece inmóvil, aunque parece querer despertar de su arrugada quietud. Juan espera. Sabe -o cree saber- lo que sucederá después. Por eso mantiene esa expresión de secreta diversión. La bolsa descansa todavÃa, coincidiendo en su espera con la de él. Parecen conocerse.
De pronto, ella se agita.
Se desplaza unas pocas baldosas, tÃmidamente, como si dudara. Su estructura se desarma y recompone buscando otra forma. Nada extraordinario: apenas un objeto de plástico de baja densidad, derivado remoto del petróleo y de antiguos dinosaurios sepultados bajo eras enteras. Un residuo más. Un descarte manual nacido de la distracción y de cierta pobreza cultural.
Juan sigue atento la lenta actividad de aquella bolsa solitaria. Esta vuelve a sacudirse y rueda algunos metros más allá de su lugar inicial. Se aproxima al borde de la calle, a esa Ostende silenciosa de domingo temprano. Permanece quieta unos segundos y luego se precipita sobre el pavimento, girando con torpeza y cambiando de forma a cada impulso del aire.
Después vuelve a detenerse.
Juan intuye el destino de la bolsa. O imagina hacia dónde acabará derivando. La bolsa no posee identidad, aunque algo parecido a una vida inmaterial parece animarla. Un soplo invisible le concede impulso para continuar hacia la otra esquina, la de la calle Industria. El avance es escaso todavÃa. Parece tomarse su tiempo, como si meditara continuar el trayecto o rendirse allà mismo.
Pero no. Algo la impulsa nuevamente. Cruza hacia la acera opuesta, gira sobre sà misma y avanza con una ligera sumisión, aunque decidida. Luego descansa otra vez, aplastada contra el suelo, como pidiendo una pausa pacÃfica.
El barrio continúa dormido. Una camioneta atraviesa lentamente la calle Ostende y desaparece sin dramatismo hacia el horizonte urbano. La bolsa parece asustarse: se revuelca sobre sà misma con movimientos bruscos, como luchando contra una fuerza incomprensible, y regresa hacia la acera de donde partió, aunque ya muy lejos de su origen.
Intenta subir a la vereda. O tal vez no. Quizá solo obedece al viento. Ahora tiene otra forma: parece una pequeña estatua surrealista hecha de tiza húmeda.
Otra ráfaga la alcanza.
La bolsa se desliza entonces sobre el empedrado, dócil y errante, hasta lograr subir finalmente a la acera. Juan sonrÃe más abiertamente. Está convencido de conocer el desenlace de aquella deriva absurda.
La bolsa vuela un pequeño tramo. Avanza. Se acerca frente a él. Juan casi la saluda desde su silenciosa vigilia. Ella vacila apenas y luego continúa hacia la esquina que parece aguardarla desde siempre. Sube a la vereda y, tras una sucesión de giros desordenados y suaves deformaciones de su piel plástica, termina chocando contra la pared del vecino.
La calle Industria está ahÃ, próxima.
La bolsa sigue adelante. Se desliza hasta el poste de madera del alumbrado público y queda adherida a él como una enamorada exhausta abrazando aquello que cree definitivo. Allà permanece, quieta y silenciosa, ignorando quizá lo que ha hecho de sà misma.
Juan la contempla desde el porche. HabÃa esperado, como otras veces, que la bolsa subiera hasta su vereda y eligiera quedarse allÃ, como obedeciendo a una extraña amistad entre ambos.
Suspira.
Vuelve entonces la mirada hacia las flores doradas del arbolito de enfrente.
Cuando observa nuevamente hacia el poste, la bolsa ya no está.
Ha girado sobre sà misma, desprendiéndose de aquel efÃmero amante de madera, y continúa huyendo hacia ninguna parte. Hacia ese territorio incierto donde el pensamiento lógico deja de existir.