Sábado 13 de junio de 2026

Por Maximiliano Curcio (*)

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Indio Solari enarboló con inigualable impronta el enigma de su propio mito, un suceso de masividad sin precedentes ni fecha de caducidad. Su poesía puede ser intelectual, críptica, contracultural, visionaria o marginal. Dotado de una mirada profundamente sensible, logró capturar la belleza poética en todas sus formas, convirtiendo experiencias, personajes y emociones en imágenes de extraordinaria potencia evocadora. Desde la bohemia platense de los ’70 al rock de estadios bailando el pogo más grande del mundo. De Patricio Rey a Los Fundamentalistas. Su leyenda, tan contundente como inabarcable; su lírica es tan poderosa como seductora. Poseedor de una retórica erudita casi proverbial, su impronta se alimenta de rituales y liturgias que esculpen al icónico dios pagano de nuestro rock.

La figura de Carlos Alberto ‘Indio’ Solari (1949-2026) trascendió la dimensión estrictamente artística para convertirse en un territorio de encuentro. En sus canciones, miles de personas encontraron una manera de nombrar el desconcierto, de transitar la intemperie y de reconocerse en medio del naufragio. Desde la honestidad del desconsuelo nació una comunidad sostenida por la gratitud, la convicción y un afecto difícil de explicar con palabras. Su obra acompañó momentos de caída y de reconstrucción, funcionando como abrigo cuando todo parecía resquebrajarse. Para todos nosotros quienes formamos parte de dicha comunidad, nuestra existencia cambió por completo a partir del pasado viernes 5 de junio. A todos hoy nos atraviesa una profunda tristeza. ¿Será que las despedidas son esos dolores dulces?

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Indio representa, para millones de argentinos, una forma de resistencia emocional y colectiva, un refugio construido con canciones que siguen iluminando el camino de quienes aún encuentran en ellas razones para no rendirse. El creador de bandas como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado encarna un paradigma que no tiene comparación dentro de nuestro rock nacional. Los miles de fanáticos que acudieron y acuden a sus conciertos (incluso cuando Indio, hace casi una década ya, encontró otra forma de permanecer sobres los escenarios) constituye un acontecimiento de la cultura popular que excede toda singularidad para transformarse en un hecho de trascendencia social.

No caben dudas, Solari es pasión de (y en) multitudes. ¿Dónde reside la explicación a este fenómeno? Abandonando el rock de estadios en 2008 (19 y 20 de diciembre, Estadio Único, La Plata) en búsqueda de locaciones que alberguen mayor capacidad de espectadores, la convocatoria de Solari, desde el comienzo de su proyecto solista -estrenado en vivo en 2005, bajo el nombre de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado- no hizo más que acrecentar el mito tejido alrededor de su figura, la cual ya había adquirido ribetes de deidad al tiempo que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se convirtieron en un fenómeno masivo, avasallante e incontrolable, a comienzos de los años ’90.

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Indio alimentó una liturgia incombustible que excede sus llamadas bandas de combate. Testigo de un tiempo histórico, bajo su imaginario poético pueden claramente identificarse motivos por los cuales el artista caló en lo más hondo del tejido social argentino. El autor de “Escenas del Delito Americano” (postergadísimo proyecto, editado en formato cómic, en 2018) signó la madurez de su trayectoria sabiéndose responsable de una convocatoria sin parangón en la historia de nuestro rock nacional. Sucede que Solari representa el epítome de devoción musical por antonomasia, portador de la simbólica herencia redonda que multiplica su aura en miles de perseverantes que adoptaron su exquisita poesía como dogma y máxima de vida. Un dios pagano transformado en líder, cacique y héroe de rock de culto, capaz de propagar su propio legado como si de un incesante fuego sagrado se tratara.

Su recorrido profesional, desde aquel comienzo de fábula en la noche under porteña hasta la descontrolada masividad de sus misas solistas, asume el derrotero de este emblema del rock nacional como la apropiación contemporánea de un poema épico. Habitante de un sueño colectivo del que infinitos ricoteros y fundamentalistas procuran no despertar, Solari supo ser residente de una tribu en peligro de extinción: inventor deformas inimitables para comunicarse a través de su lírica, desafió los paradigmas comerciales de la industria y cimentó su halo de misterio bajo una admirable capacidad de preservación, huyendo del foco de la prensa del modo más eficaz posible. Su vida privada atesora mil y un aventuras, desde su efervescente adolescencia imbuida de la poética beatnik y hechizado por la psicodelia a su nómade juventud hippie a través de diversos destinos alrededor del mundo, tal como plasmara en sus memorias “Recuerdos que Mienten un Poco” (editado en 2019, junto a Marcelo Figueras).

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La evolución artística del hacedor de discos fundamentales de nuestro rock como “Gulp!” (1985), “Oktubre” (1986), “La Mosca y la Sopa” (1991) o “Luzbelito” (1996) nunca dio señales de inmovilidad. Incluso después de haberse apartado de la exposición pública y lejos de concebir el retiro como una despedida, Solari pareció transformar su última etapa creativa en un renovado territorio de búsqueda. Su impulso indetenible continuó dándose a conocer a través de nuevas canciones (con Los Marsupiales Extintos o en apariciones colaborativas), proyectos de arte digital (su exitosa muestra “Brutto”) y atractivos abordajes literarios (“La Vida es una Misión Secreta”, con ilustraciones de Serafín), como si el acto creativo constituyera una necesidad vital que no concibe la suspensión. En él, el arte no respondía a las exigencias de la industria ni a la demanda de una audiencia, sino a una inquietud interior permanente, a una curiosidad insaciable que lo empujaba a seguir explorando lenguajes, imágenes y formas de expresión. Crear no fue una etapa de su vida, sino una condición inherente a su naturaleza.

Durante el pasado domingo, en Parque Villa Domínico, el millón de personas congregadas para darle un último adiós refleja la tangible evidencia de un vínculo afectivo construido durante décadas: una demostración colectiva de gratitud, pertenencia y amor hacia un referente que acompañó la vida de generaciones enteras. Pocos artistas logran ocupar un lugar tan profundo en el imaginario popular; menos aún consiguen que ese sentimiento perdure con semejante intensidad. En esa despedida multitudinaria se hizo evidente el alcance de un legado musical sin equivalentes y, proporcional a ello, el afecto inconmensurable que despierta una personalidad destinada a permanecer mucho más allá de su manifestación física. Nuestro amado Indio, dueño de una integridad intachable, comprobable en una obra musical que guarda valor testimonial para futuras generaciones. Su identidad compositiva, su fuerza lírica, su atractivo sobre el escenario y su autoridad discursiva componen a uno de los protagonistas más representativos y subyugantes de la cultura argentina del siglo XX.

(*) Escritor y periodista especializado en cine y música, Maximiliano Curcio es, además de un inquieto buceador en el universo de las artes y director de la revista Siete Artes, autor de “Indio Solari. El Fundamento Solista” (2020, Editorial Vuelta a Casa), obra que cobra especial relevancia en estos días en los que Indio cambió de estado para seguir inspirando a millones de argentinos de diferentes generaciones.

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