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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

El bosque en tres escenas

17:00hs
viernes 21 de agosto, 2020
Jerónimo Corregido
Obra de Juan Agustín Grenno

 

Yo no sé nada de árboles, pero he estado aprendiendo algo sobre bosques. No sus clasificaciones y sus geografías, sino algo menos científico que no termina de entrar en ninguna disciplina. Cuesta explicar exactamente qué es, por eso es que recurro a tres episodios que pueden describirlo con más claridad.

La primera escena transcurrió en uno de los bosques sin nombre entre Te Puke y Papamoa. Entre dos colinas encontré un valle, en cuya profundidad se erigía una muralla de arbustos, árboles y marañas verdes. No había construcciones a la vista, ningún vestigio de que el lugar estuviera habitado o fuera frecuentado por otras personas. Después de andar un rato, encontré una corriente de agua y me senté en la orilla a tomar unos mates y a tocar la guitarra. Me quedé un rato largo; cuántas horas exactamente, no podría decir, ya que el tiempo en el interior de los bosques transcurre de una manera siempre cambiante, como ya se sabe. En la orilla de enfrente andaban picoteando unos pukekos, esos pájaros azules y negros semejantes a gallinas, que están por todos lados en la isla norte de Nueva Zelanda. Cuando salí del bosque, me encontré con que el valle estaba mojado: había llovido, y soplaba un viento helado y hostil. Retrocedí y me volví a meter en la espesura. Allí todo seguía seco y acogedor. El follaje había absorbido el agua y la enramada me había reparado del clima. Eso es el bosque: un lugar donde protegerse del viento, del frío y de la lluvia. Un refugio, un templo, un útero.

La segunda escena transcurrió en la espesura del bosque de mi barrio, en Welcome Bay, donde los pajaritos me conocen y las ramas se corren para dejarme pasar. Es un lugar tan poco frecuentado como aquel bosque sin nombre de Te Puke, pero ésta es una fronda súbita: la transición entre el campo y la maleza es una línea bien definida, como si los paisajes se hubiera dividido el terreno diplomáticamente. La vez en cuestión era un domingo a la mañana, el momento más quieto de estas de por sí mansas regiones. Sin embargo, un sonido lograba penetrar la espesura; un único ronroneo que inquietaba las ramas: el gruñido de una motosierra lejana. Los árboles lo vienen escuchando desde hace años. Al principio sería un murmullo irreconocible; con el tiempo se debe haber transformado en una amenaza, en un destino inexorable. El progresivo sonido de las motosierras según es oído por los árboles, el rumor cada vez más próximo de la deforestación: eso también es el bosque.

La tercera situación sucedió en el bosque donde estuve viviendo, aproximadamente en la misma región que los dos anteriores. Esta parte de Nueva Zelanda se llama Bay of Plenty, que podría ser traducida como «la bahía de la abundancia». El suelo es muy rico y favorece el cultivo de innumerables frutas, así como también la proliferación de los bosques. Aquella tarde había llegado mojado y sucio del campo, y dejé las zapatillas afuera de la caravan donde vivía. Me bañé, me puse a cocinar, se hizo de noche y los sonidos del bosque cambiaron: desapareció el jolgorio de pajaritos y fue reemplazado por el subrepticio movimiento de las criaturas nocturnas, de las aves que viven a contrareloj, de las alimañas que segregan y se deslizan. Antes de irme a dormir, de casualidad me acordé de las zapatillas. Abrí la puerta de la caravan y estiré la mano para recogerlas, y mis dedos tocaron lo que había adentro: babosas, no una, no dos, sino una congregación de bestias en sendas zapatillas. Nunca le tuve rechazo a los insectos, pero los moluscos de tierra siempre me han dado terror, con su abúlica pasividad y su displicencia viscosa. Vacié las zapatillas entre los árboles, me aseguré de que ninguno de esos bichos quedara ahí adentro y me lavé las manos con arsénico y fuego, contento, confiado en que lo peor que podía ocurrir en este viaje ya había pasado. Eso también aprendí del bosque: de noche se alargan las sombras y del suelo brotan las criaturas tenebrosas, que reptan, succionan, vomitan su inofensiva aberración. El lado monstruoso de la fertilidad.

Estos episodios no explican la naturaleza de los bosques ni dan cuenta de sus características; pero dicen, quizás, algo igualmente importante. La artista mexicana Fernanda Saavedra dijo hace poco que «ir al bosque representa un intento de llegar a la profundidad del alma». El concepto borroso de «alma» me excede, pero me parece que su comentario está relacionado con la lluvia, las motosierras y las babosas. Hay algo de los bosques que elude las palabras precisas y que solo puede entreverse a través de la historia subjetiva de cada persona en su respectiva frondosidad íntima.


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