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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

En busca de la honestidad en el lago de los burros

8:47hs
viernes 28 de febrero, 2020
Jerónimo Corregido
Obra por Priscilla Clare

«Otro accidente en Frankton Road, po», me dice Nikos, y dice «otro» porque hubo uno hace pocos días, y lo dice con preocupación porque se trata del único camino recto entre Queenstown y todos los poblados del norte, y dice «po» porque es chileno y se le nota mucho. Pero, sobre todas las cosas, dice que no podré irme a acampar a Moke Lake como tenía previsto, porque la única ruta está cortada.

Sin embargo, el propósito de estos viajes no es ni acampar ni ver montañas —bueno, un poco sí, como indicarán los registros materiales de esta crónica—, sino hurgar en ese concepto de «caminos únicos». Y ahora que Frankton Road, el único camino, está cortado por un accidente, mi propósito central deja de ser el campamento para convertirse en la busca del camino alternativo, el lateral, el oblicuo, el disidente. Me entusiasmo y me imagino peligrosas caminatas por las montañas, disputas con la policía por el cruce de propiedades privadas, luchas contra ovejas mugrientas. Es que, se me ocurre, lo más interesante de viajar no es llegar a los destinos, sino hacerlo de la manera más auténtica y personal posible: del modo más honesto e individual.

¡Ah, pero la hegemonía establece tantos senderos! Nikos enseguida me indica la existencia de otro camino, mucho más largo que Frankton Road pero que no implica luchas con ovejas ni disputas con nadie. Apenas tuve con conducir hacia el norte, girar a la izquierda en la rotonda de Shotover, y tomar el camino que va a hacia Arthur’s Point: todo muy pintoresco y aburrido, montañas y valles y animales demasiado domesticados. Avancé por esa ruta sintiéndome el más hegemónico de los disidentes, y atravesé Queenstown rumbo al sur con la fácil simpleza de quien pasa del presente simple al pasado perfecto en el mismo párrafo, sin detenerse en los mandatos de la coherencia.

Al tomar el camino de tierra que sube hacia Moke Lake, empero, el viaje se puso mucho más interesante, pues abandonó su rectitud burguesa y se desplegó por las dimensiones en formas ondulantes: ahora como una anábasis circular, como un precipicio al revés, como un vértigo celeste, y de repente la subida terminaba: terminaba en pasado imperfecto, como se deslizan los sucesos en los sueños, con un cielo aún azul y un horizonte de montañas inholladas. No había luchas contra las ovejas ni disputas con la policía, pero la desolación del paisaje compensaba, por ahora, la falta de peripecias.

Moke es el nombre del lago y del parque que se encuentran entre esas soledades montañosas. Reciben su nombre del primer burro que llegó montado por un humano europeo, y quizás el bautismo se deba más a lo blanco y europeo del hombre que a lo heróico del burro. Así es como se escribe la historia de los lugares.

Llegué junto al lago casi al atardecer. Enseguida bajé del auto y comencé a caminar rumbo al sur, por el camino que lleva hacia las laderas. El sol caía detrás de mí.

De repente se acercó un caballo y comenzó a relinchar mientras me miraba de manera directa y neutral. Yo le pregunté si eso quería decir que podía acariciarle el pescuezo. Él volvió a resoplar con equina neutralidad, tan neutral y ajena que no supe si acercarme o no. Le pregunté entonces si estaba mal dispuesto hacia mí y quería patearme, pero insistió en su hermetismo animal. Lo saludé y seguí caminando hacia arriba.

Desde los riscos intermedios se podía ver panorámicamente la arbolada cabeza de tortuga, la península que entraba en el lago con su cuello de reptil verde, y que paulatinamente se iba oscureciendo: se iba oscureciendo en pretérito imperfecto, como se deslizan los sucesos en los sueños, amarillo primero, violeta después, negro al final. El transcurso de colores en el cielo era el producto del ínfimo momento en que el astro daba una frenética vuelta sobre sí mismo, girando como loco alrededor del sol; y el sol y el astro y el humano que contemplaba el transcurso de colores en el cielo eran uno solo, pues los elementos desparramados por el remoto Big Bang eran los mismos que orbitaban en los astros y que nutrían la mugre de las ovejas, los mismos que flotaban sobre el lago y sobre las estelas de cometas distantes. A la hora cristalina del ocaso, se volvía evidente que todo lo que flota en el espacio pertenece a la misma totalidad, a la misma armonía creadora. Salían las estrellas y venía a mí la memoria de la Unidad, según la entendía el poeta Walt Whitman: la conexión sustancial entre todas las cosas que existen.

Observando esas mismas estrellas, empero, recordé también lo que Daniel Schechtel decía sobre Walt Whitman: que era un empresario de sus letras, que le había puesto el foco de su obra al éxito, que la remuneración le era al menos tan importante como la creatividad. Esa idea me presentó la falla en el paisaje, el error en la experiencia. No en el plano superior, donde las estrellas dibujaban la noche, sino en el sentido contrario: la sensación de que no había, debajo de mí, nada: la más absoluta y estúpida naturaleza, llena de boludeces geológicas y bichitos, sin rastros de pasiones históricas o registros de épicas. Debajo de mí se extendía, profundísima, la nada, plagada de minerales aburridísimos y polvos de tiempos donde no había reptiles ni aves. La nada más inhóspita e inservible, despojada de todo rastro humano, nombrada apenas por el burro que la descubrió, burro por demás equino e indescifrable, como el caballo que me había interpelado más temprano; burro que, por otra parte, seguramente trasladaba a un hombre blanco y europeo que venía a estos lagos a buscar oro, a hacer volar las montañas para extraer dinero. Estos parajes no estaban trazados por el alpinismo sino por la exploración comercial: Moke Lake era apenas el camino de una industria del pasado, donde los conquistadores, como Walt Whitman, se arrojaban a la busca del éxito económico.

Y cuando este principio estructurase las relaciones sociales, la disidencia estaría en entregarse al pleno ejercicio de la honestidad. To thou own self be true!, me decían las estrellas ahora, And it must follow, as the night the day,/ Thou canst not be false to any man, porque ser honesto con uno mismo era, sobre todo, ser honesto con los demás, y esa honestidad era poco menos que un imperativo categórico.

Bajé la cuesta por donde había venido y me dirigí hacia la zona de acampe. Vacía y estúpida, la naturaleza de estos parajes me mostraba los caminos que se abren cuando está cortado Frankton Road. Hay mucho más que lagos y montañas en estas montañas y lagos.


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