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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

Lo que ocurre mientras no pasa nada

9:41hs
domingo 5 de julio, 2020
Jerónimo Corregido
Cascada de Omanawa. Foto: Mara Nerone

La famosa isla norte de Nueva Zelanda: cascadas escondidas entre las montañas, lagunas perdidas en lo más frondoso de los bosques; playas extensas donde los latinos toman sus mates y los pakeha realizan sus meticulosas caminatas; plantaciones de kiwi con vista a paisajes imposibles; cavernas luminosas y volcanes activos. Dónde está lo que se me prometió en el sur, dónde la acción y la pujante lucha de clases, dónde el debate intelectual y la contienda política, dónde los centros culturales y los antros de mala muerte que tanto me gustan.

La respuesta es: siempre un poco más al norte. Muy similar a la definición que da Slavoj Žižek sobre los Balcanes. Para los austrohúngaros, todo lo que está al sur es bárbaro y balcánico. Los eslovenos dirán: «¡No, señor! Nosotros somos civilizados y occidentales. Los Balcanes empiezan más al sur, en Croacia». Pero los croatas, que son muy cristianos, dirán que en realidad ellos son europeos centrales, que los Balcanes empiezan más al sur, pruebe en Albania. Así ocurre en Nueva Zelanda. En la isla sur, donde todo es muy calmo y estático, y los locales todavía viven como en las novelas de Emily Brontë, se dice que la acción está en la isla norte. Al cruzar de isla, en Wellington, uno se encuentra con un montón de edificios públicos y una serenidad de pesadilla. Los locales dirán que están muy ocupados dirigiendo el gobierno o gerenciando algún restaurante, que no tienen tiempo para la política o el arte: pruebe más al norte, en Taupo hay muchos viajeros. Pero los viajeros de Taupo están dispersos alrededor de un lago; no se conocen entre sí y la mayoría de las veces no comparten una misma lengua: pruebe más al norte, en Rotorua hay más maoríes. Los maoríes de Rotorua, sin embargo, están demasiado ocupados entreteniendo a los turistas, y no tienen tiempo o ganas de juntarse y armar una revolución o una banda de cumbia: pruebe en Tauranga, allá hay latinos. Y en Tauranga dirán que es en Auckland, pero lo cierto es que se puede llegar hasta el remotamente boreal Cabo Renga sin encontrarse con el mínimo destello de manifestación política.

Política, claro, en tanto «quehacer de la praxis humana en la polis»: nunca es un concepto vacío, sino que toda toma de decisiones implica un posicionamiento. En el caso de Nueva Zelanda, la impronta anglosajona modela una sociedad donde las personas evitan el aglomeramiento urbano y la intimidad interpersonal, al tiempo que mantienen un estudiado respeto por la propiedad privada y la discreción. La discreción —dirá alguno— puede ser la máscara de la indiferencia.

Sin embargo, la otra noción de política —la de política como el arte de gobernar un país— incide y participa en ese modo de vivir. Por ejemplo, en Argentina, si la estructura de la política partidaria es enorme, posiblemente se deba a que la población del país está altamente politizada. Eso, a su vez, responde a una decisión de la política institucional: poblar el país con inmigrantes europeos que huían de guerras y hambrunas, es decir, las personas más políticamente efervescentes del mundo. En el caso de Nueva Zelanda, si la gente es tan individualista y mansa, se puede deber a que los gobiernos del siglo XIX incentivaron la inmigración inglesa de dos tipos: inversores privados y trabajadores rurales. En semejante feudalismo y desolación, los grandes debates contemporáneos tardaron mucho en llegar. En otras palabras: si Nueva Zelanda es un país tan culturalmente chato, se debe en cierta medida a sus gobiernos. O, tomando el toro por las astas: hay que prestarle mucha atención a la política, porque lo que deciden los gobernantes termina incidiendo en nuestro modo de ser más de lo que parece.

Ahora bien, ¿quién toma las decisiones políticas en estas islas remotas? Durante los años posteriores a su etapa colonial, Nueva Zelanda estuvo gobernada por un partido de pakeha e ingleses: el Partido Liberal. Esta fuerza es comparable al radicalismo en Argentina: un movimiento intelectual de centro izquierda, desarrollista en lo económico y progresista en lo ideológico. Al igual que el radicalismo, dejó grandes próceres nacionales. Como Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen, acá están John Ballance y Sir Joseph Ward, cuyos nombres sobreviven en los topónimos, pero sobre todo Richard Seddon, Primer Ministro durante trece años —el mandato más largo de la historia del país—, quien tiene un lugar especial en la historiografía local. A pesar de que el propio Seddon estaba en contra de los movimientos de mujeres, fue durante su mandato cuando Nueva Zelanda se convirtió en el primer país en aprobar el sufragio femenino, lo cual le granjeó reputación de progresista. El Partido Liberal, además, promulgó una reforma de trabajo que le dio condiciones un poco menos injustas a la incipiente clase obrera, e implementó el sistema jubilatorio. Si bien se le otorgaron bancas a los maoríes en el Parlamento, la principal política del Partido Liberal fue comprarles su tierras en términos abusivos y vendérselas a granjeros blancos para incentivar la agricultura privada. Al igual que el radicalismo, el Partido Liberal cayó en desuso, absorbido por las dos fuerzas mayores que lo habrían de suceder.

Como respuesta al estado benefactor protosocialista del Partido Liberal, surgió el Reform Party, de espíritu conservador y modos poco corteses. En sus orígenes, fue conocido como «el partido de los granjeros», por representar al sector agropecuario del país. El fascismo incipiente de sus primeras épocas se fue disfrazando con el tiempo; no así su propuesta económica liberal. Su nombre cambió a Partido Nacional, y actualmente es la segunda fuerza del país. Sus esfuerzos han estado orientados a defender los intereses de las corporaciones y el libre comercio. Sus gobiernos fueron famosos por el ajuste económico, como durante el mandato de Sidney Holland, o por propulsar la segregación maorí, como hizo el gobierno de Robert Muldoon, o por participar de las invasiones militares organizadas por los Estados Unidos, como durante la administración de Keith Holyoake.

Nacido como reacción ante esa ortodoxia recalcitrante, el Partido Laborista fue la última fuerza histórica en surgir. Su fundación se dio en el seno del movimiento obrero que comenzaba a organizarse a principios del siglo XX en algunas ciudades. El Partido Laborista estuvo generalmente a favor de la expansión de los derechos de los trabajadores y de la consolidación del estado de bienestar propuesto por el antiguo Partido Liberal, aunque con una impronta más —cómo decirlo— peronista. También propulsó algunos avances ambientalistas, como la institucionalización, durante el gobierno de Norman Kirk, de los Guardianes del Lago Manapouri. El Partido Laborista ha dejado algunos nombres memorables, como Peter Fraser, Primer Ministro durante la Segunda Guerra Mundial.

Foto: Mark Baker/ AP. Fuente: The Guardian

¿Qué pasa con Jacinda Ardern, Jacinda la bella, la actual Primera Ministra a la que todo el mundo adora? Es la líder del Partido Laborista y la mandataria más joven de la historia de Nueva Zelanda. Asumió el gobierno en el 2017 con un discurso progresista y contestatario que en Argentina hubiéramos asociado enseguida a olor a chori y actos multitudinarios en algún estadio. Acá la política no tiene esos colores. Jacinda se bardeó fuerte con el Partido Nacional por cuestiones como la pobreza infantil y el calentamiento global, por lo cual se ganó la simpatía de los movimientos sociales —del mundo, porque acá no hay—.

En los portales de noticias argentinos han estado circulando fotos de Jacinda, presentada como la cara de la eficacia en el control del Covid; los diarios de Europa también suelen ser generosos con ella. La comunidad latina en Nueva Zelanda la adora y la suele comparar con sus líderes. Es significativo, sin embargo, que uno de los principales problemas de los latinos en el país durante los últimos años ha sido el ajuste de los visados, lo cual es parte del plan propuesto por el gobierno de Jacinda para reducir la inmigración. Es cierto que esto tiene más que ver con el partido con el que los laboristas formaron una coalición que con los propios laboristas: NZ First, un movimiento de derecha extrema similar a Vox en España. El vicepresidente de Jacinda la bella, Jacinda la que hace todo bien, pertenece a ese partido. A su vez, el Ministro de Desarrollo Económico de este gobierno, Shane Jones, opina que hay que debatir una población máxima para Nueva Zelanda de manera urgente, que ya hay demasiados inmigrantes. También se lo ve con ganas de debatir el color de piel de la población, ya que dijo que las visas de estudio para los indios arruinaron las instituciones educativas. En otra oportunidad, les recordó: «No tienen derecho a traer a toda su aldea a Nueva Zelanda». Los indios, que acá se cuentan a montones, adoran a Jacinda porque lo único que saben de ella es que es blanca y sonriente; si el sistema migratorio local no los tuviera esclavizados trabajando de sol a sol en algún campo, tal vez podrían enterarse de estas cosas.

En Nueva Zelanda, Jacinda tiene índices de aprobación altísimos. El Partido Nacional, sin embargo, la acusa de dos faltas principales: por un lado, de mantener vagos con su estado benefactor; por el otro, de ser joven y linda. El segundo señalamiento me parece mucho más coherente y rico que el primero. En estas islas remotas, multiculturales y ligeramente alfabetizadas, la belleza tiene mucho más que ver con el color de piel y con la edad que con la configuración de las facciones. Por eso es que cuando un amigo, que es maorí, me dice que Jacinda es “bloody perfect” —«una capa total»—, algo me hace ruido. Es que esta mujer pakeha joven y linda que maneja el país tiene culturalmente tan poco que ver con mi amigo, que es pobre, feo y marrón, que sospecho que hay alguna confusión ideológica en marcha.

Justamente: ¿cuál es el lugar de los maoríes en la política? Su participación en las elecciones está garantizada desde la más temprana Constitución, así como sus bancas en el Parlamento. Sin embargo, la auténtica visibilidad de los maoríes en la política no se dio hasta mediados del siglo XX, con referentes históricos como Apirana Ngata, quien, desde su puesto de ministro, trató con seriedad la integración pakeha-maorí. Hoy en día, la cuestión de la representación es mucho más complicada, porque si bien los maoríes son cada vez más visibles en las universidades, las corporaciones y las instituciones de gobierno, la tangata whenua está tan lejos del poder real como un vendedor de estampitas del sillón de Rivadavia. En buena medida, esto puede deberse a que el hecho de que se les permita votar no implica que lo hagan: su interés en política es nulo.

Lo mismo podría decirse de los pakeha. En Nueva Zelanda, el voto es opcional, aunque el empadronamiento es obligatorio. Esto, sumado a una pobre educación cívica, hace que la gente piense que no hace falta saber nada sobre política. Podría aventurar que en Argentina no hay persona que no tenga una opinión sobre su intendente; en Nueva Zelanda, aún no conocí a nadie que supiera el nombre de su alcalde. Es causa y es consecuencia, es el huevo y es la gallina: en Argentina el voto es obligatorio y la educación cívica es inevitable —si no es en la escuela, será en la cocina de algún tío o en alguna esquina con amigos—. Sí, nuestras calles están más sucias, nuestros medios de transporte son menos eficientes y nuestra economía es endeble, pero qué lindo es saber que en Argentina se discute la dirección del país en todas las reuniones, a veces con improperios e histrionismos, pero siempre con entusiasmo. Es ilusorio e injusto creer que el Estado se tiene que hacer cargo de nuestras decisiones: somos nosotros los que tenemos que encauzarlas.

La famosa isla norte de Nueva Zelanda: cascadas, lagunas, colinas. Me voy a disfrutarla un poco más, que cuando este artículo salga publicado, seguro me vienen a buscar de Migraciones.


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