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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

Los días lindos

10:48hs
viernes 27 de marzo, 2020
Jerónimo Corregido
Web: https://www.facebook.com/LDSN1971/
Foto por Luciano Nascimento. Web: https://www.facebook.com/LDSN1971

Es común cuestionar la asociación que se hace entre los «días lindos» y los «días soleados», ya que no hay nada objetivamente soleado en lo lindo ni viceversa. Se sabe de sobra, además, que los días nublados y lluviosos también pueden ser calificados con el adjetivo «lindo», palabra por demás caprichosa y subjetiva, que depende mucho más de la percepción del observador que de las características del objeto.

Sin embargo, ¿no habrá una manera posible de la verdad en esa vieja relación entre «días soleados» y «días lindos»? ¿No habrá una forma de la belleza en esos cielos despejados y brillantes? ¿No habrá, en fin, una conexión mamíferamente biológica para explicar este fenómeno? ¿No habrá, entonces, que mandar al carajo a la próxima persona que nos venga a cuestionar los días lindos?

Es que, al menos en estos sures montañosos, y desde donde yo veo las cosas, en los días de sol radiante lo que normalmente es lindo se vuelve excepcional, y lo sublime se vuelve legendario. Hay un efecto —aparentemente objetivo— que se produce cuando el cielo se abre y la luz llena de colores la materia: las pupilas se llenan de azúcar como si se hubieran tomado un helado, y el cuerpo se activa como si hubiera acabado de digerir un desayuno.

Fue en un día de esas características cuando me subí al auto y salí de Queenstown. Tomé la ruta 6 hacia el norte, pasé las laderas de Arrowtown y crucé el puente de Cromwell; bordeé el lago Dunstan y seguí y seguí hacia donde el sol me llamaba.

Era ahí, sin dudas: el lago Pukaki, en la vecindad de la montaña Aoraki, la más alta del país. En el espejo de agua se dibujaban todo tipo de canciones, la mayoría de las cuales estaban en estridentes tonos mayores: las olas cantaban melodías populares y alegres, y los patos coreaban el estribillo. Había algo en el aire que unía de modo tangible los conceptos de «soleado» y «lindo».

Con el agua hasta la cintura, sentía la mitad del cuerpo helado y la otra mitad en llamas; eran dos formas del ardor, distintas maneras emparentadas de experimentar la naturaleza. Las cimas aún nevadas del cerro Aoraki también ardían. ¿Qué es lo que se quema cuando el cuerpo arde? ¿Qué parte de uno se abrasa cuando las llamas de la experiencia chisporrotean por todos los sentidos?

Salí del lago y empecé a caminar. Había un sendero bien marcado por el bosque. Algunos conejos saltaban hacia la maleza al percibir mis pasos. El aroma de los pinos refrescaba el aire. El camino serpeaba rumbo a un destino que me era por completo ajeno; no estaba allí, empero, para llegar a ningún lado, sino para perderme en el paisaje. Había pasajes cubiertos de sombras donde se almacenaba el perfume de las lluvias; había sonidos huidizos entre los árboles que denotaban la presencia de otros animales; había, sobre todo, caminos alternativos que surgían del sendero principal, y eso me llenaba de angustia, pues sabía que me sería imposible recorrerlos todos, que nunca llegaría a meterme por todos esos rincones para conocer sus historias. Recordé, entonces, unos versos del gran poeta platense Francisco López Merino:

Cuántos ensueños truncos errarán todavía

por las sendas sin nombre de estos quietos paisajes;

cuánta leve nostalgia, cuánta melancolía

tejida en el transcurso de fantásticos viajes.

Volví sobre mis pasos y llegué al lago. El sol se ponía sobre las cumbres de Aoraki y teñía la nieve de colores inexpresables. Francisco López Merino lo sabía; él había sentido la melancolía de los caminos por recorrer, de las experiencias por vivir, de la trama de imposibilidades que tejemos en el «transcurso de fantásticos viajes». Ninguna travesía es suficiente: siempre queda un resto por vivir.

Armé la cama en la parte trasera del auto. Por el parabrisas entraba la luz de las primeras estrellas. Había sido un día soleado: había sido, y quién podrá negarlo, un lindo día.

 


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