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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

Siempre el lago Wakatipu

12:11hs
domingo 5 de abril, 2020
Jerónimo Corregido

Foto por Maru Olivares Ashef

Otra vez el lago Wakatipu. Siempre el lago Wakatipu: cuando estoy en Queenstown, sí, pero también en La Plata, también en Berisso. El lago con sus aguas siempre cambiantes, con su ethos tan ajeno a las palabras, con sus nubes que desafían la relación entre signos y referentes. ¿Qué podría decir en español o en inglés o en sindarín sobre el Wakatipu sin ser completamente falso a la transparencia o a la oscuridad o a la ambigua nada de sus aguas?

«Todos los idiomas del mundo son igualmente inexpresivos», dice con razón Borges en uno de sus textos más conocidos, donde intenta explicar el idioma analítico de John Wilkins, escritor inglés a quien «le interesaron la teología, la criptografía, la música, la fabricación de colmenas transparentes, el curso de un planeta invisible, la posibilidad de un viaje a la luna, la posibilidad y los principios de un lenguaje mundial». Su lenguaje analítico estaba basado en el sistema de numeración decimal y proponía que cada palabra se definiera a sí misma, sin forzar la relación entre signos y referentes, sin contar con la arbitraria extensión fenomenológica de la lengua que propone la realidad: cada palabra respondía a un sistema clasificatorio interno.

Así, «dé, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama». La morfología del lenguaje parecía sólida. «Las palabras del idioma analítico de John Wilkins no son torpes símbolos arbitrarios; cada una de las letras que las integran es significativa, como lo fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas». Sin embargo, resulta evidente que, una vez definida la gramática de la lengua, restan por establecerse sus clasificaciones. Al observar la nomenclatura de las piedras, Borges deja entrever que el orden que las clasifica no tiene nada de objetivo, sino que responde a la mera percepción del sujeto clasificador. Eso le da lugar para escribir una de sus frases más divertidas: «Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos». La famosa e incorroborable enciclopedia china: que diga alguno si la consiguió en Amazon. Esto es lo que hoy llamaríamos fake news. «En sus remotas páginas está escrito que los animales se clasifican de la siguiente manera: (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación [¡¿Qué?!], (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de camello, (l) etcétera [¿Qué dijo?], (m) que acaban de romper un jarrón, (n) que de lejos parecen moscas».

Quedó bastante claro: toda clasificación es absurda. No existen categorías objetivas. Así, tan pronto podría hablar de la experimentación horizontal y vertical del lago Wakatipu como de cualquier otra categoría: de arriba abajo, o de colores fríos a colores cálidos, o del punto de fuga hacia el noreste. No existe manera coherente de categorizar la experiencia.

Aun así, todas las formas valen la pena. El lago Wakatipu desde adentro y desde afuera, por ejemplo. Desde afuera el lago es un gran vaso de frescura —cuando hace calor—, o una alfombra de obsidiana —cuando está nublado—, o una cantera muda —cuando hace frío, —o un pozo donde se bañan las potestades del clima —cuando me tomo una copita de coñac—. Desde afuera el lago siempre es un espectáculo pictórico, con toda la carga sensorial que puede tener una imagen.

Meterse en el lago rara vez es una sensación de placer; se trata, en realidad, de una experiencia de purificación: el agua helada lija todas las asperezas perceptivas y todas las reticencias al fenómeno, y el cuerpo surge de esas aguas como recién forjado. Desde adentro, el lago transparenta un mundo ajeno, un universo de piedras y arenilla, de peces y algas. El lecho parece estar cubierto de monedas de plata, pero no son más que los mismos cantos que se multiplican en la orilla: debajo del agua lo mundano cobra tintes épicos.

Esto es, por supuesto, una manera tan caprichosa y arbitraria como cualquier otra; por los mismos motivos, también una manera válida. Así como en la enciclopedia china citada por Borges los animales se clasificaban en «innumerables» y «etcétera», también podríamos organizar las maneras de ver el lago en categorías como «de muy cerca», «con anteojos», «con una remera de Bob Dylan», todas clasificaciones absolutamente válidas y absurdas. Lo importante no es el ordenamiento interno del mundo, sino la capacidad de experimentar la maravilla del fenómeno.

Y ya que estamos con la maravilla del fenómeno: desde afuera el lago me hace acordar a las primeras páginas de El arte de amar de Eric Fromm. Allí se expone que el amor no tiene tanto que ver con las propiedades de un objeto amado sino con el ejercicio de una capacidad —la de amar—. Fromm dice que, en la sociedad de consumo, los individuos se esfuerzan por amoldarse a ciertas características que los conviertan en objetos dignos de ser amados. Por el contrario, dice Fromm, se debería entrenar la capacidad de amar, la técnica de sentir una emoción. Lo mismo, se me ocurre mirando el lago desde afuera, podría decirse de la maravilla. Lo maravilloso no responde a las propiedades preconfiguradas de cierto tipo de experiencia, sino a una manera de percibir la realidad. ¿O acaso se piensan que todas las personas que viven en Queenstown vienen al lago? Eso sí: las pocas veces que vienen, se sacan fotos.

Es raro encontrar gente que ejercite la capacidad de lo maravilloso. ¿Cuántas personas pasan por el lago Wakatipu sin levantar la vista del celular, cuantas personas circulan ciegas por las Remarkables, por Queenstown Hill, por Lyndis Pass…? Hasta por el propio puente 3 de abril que, desde la Avenida Montevideo, ofrece los más perfumados atardeceres ribereños.

La maravilla siempre está ahí, a una salto de imaginación de distancia. Como decía William Blake: Lift up thy head!


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