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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

De sur a norte. Parte 1: Con el agua en los tobillos

11:06hs
lunes 20 de abril, 2020
Jerónimo Corregido
Obra de Priscilla Clare

Hasta que una mañana de sol me despedí de Queenstown y del lago y de los amigos y de los árboles familiares: tomé la ruta 6 rumbo al norte y dejé atrás las Remarkables. En mi mente, el vago destino era Tauranga, en los confines de la isla norte. En el asiento de acompañante había dos mochilas y un violín; en la parte de atrás, los asientos estaban reclinados hacia delante, y sobre ellos había un colchón inflable, mantas, una caja de cartón que oficiaba de biblioteca, víveres diversos, tres litros de vino tinto, y una máscara asiática que colgaba del techo. Sonaba el disco que, por azar, vino con el auto: «Streets to Steinway» de Aj Hickling, el pianista que toca en el centro de Queenstown, junto al lago. Las laderas de las montañas recibían el sol deliberado del inicio del día. Esta vez la travesía sería geográfica, no solo epistemológica.

Seguí por la ruta 6 al ritmo del piano oleaginoso de Aj Hickling. Crucé Cromwell y el lago Dunstan, y las cadenas montañosas se sucedían en acordes y arpegios, como si las melodías de «Streets to Steinway» tuvieran una continuidad directa con el paisaje. La vegetación desplegaba toda su gama de tonalidades: siempre es bueno viajar en otoño, cuando el aroma del aire anuncia aventuras y los vientos del mediodía recuerdan el verano. Así, optimista y despreocupado, paré a almorzar en el lago Tekapo, más allá de la montaña Aoraki. Ese día iba manejar hasta Christchurch, en el este de la isla sur, donde me recibiría el amigo de un amigo —así es como transcurren las cosas en los viajes—, a quien yo asociaba vagamente con Beorn, el hombre-oso que recibió a Bilbo y los enanos cuando cruzaron las Montañas Nubladas.

Algunos otros viajeros poblaban las costas del lago: se sacaban fotos y acomodaban sus casas rodantes. Me alejé lo más posible de aquellas presencias y fui a tocar al violín a la playa de piedras blancas. Con el agua hasta los tobillos, enfurecí a los patos y a las gaviotas con mis pésimamente ejecutadas melodías y mis irrisorios intentos de reproducir a Vivaldi. En el este se adivinaban las cumbres nevadas de Aoraki; en la inmediatez del paisaje, el lago refulgía en tonos turquesas. Conteto, optimista y despreocupado, volví al auto.

Sin embargo, al retornar a la ruta, la primera luz de preocupación se encendió en mi tablero, y esto no es ninguna metáfora, puesto que en el tablero del auto la luz del motor emitía un brillo anaranjado. ¿Qué significaría esto? ¿Podría seguir conduciendo o debería frenar? Rememoré la larga conversación que tuve con Tito, uno de mis amigos de Queenstown, cuando abrimos el capó e inspeccionamos los contenidos. Esto quiere decir, por supuesto, que quien revisó el auto fue Tito, puesto que para mí un motor es muy parecido a una rueda. Recordaba ahora a Tito, en el lejano patio de mi casa, metiendo mano en aparatos para mí ignotos, mientras me daba recomendaciones y explicaciones de todo tipo. Antes de que pudiera llegar a alguna conclusión, la luz del motor volvió a apagarse. Me sentí, por ahora, a salvo.

Me desvié, entonces, hacia el norte, para poder tomar la ruta 1, que recorre la costa este de norte a sur. Allí pasé por el colorido poblado de Geraldine, uno de los innumerables pueblitos de Nueva Zelanda. Este país, en vez de estar construido a partir de grandes ciudades, está conformado por una pluralidad de lugarcitos pintorescos y perdidos, donde la gente apenas va a la escuela y se dedica a cortar el pasto y a cuidar las apariencias. Me imaginé los bosques de Geraldine, los campos, los cultivos, las pocas personas que se amalgamaban en su comunidad y creían que el universo se terminaba más allá del puente Orari. Prefiguré las jardines bien cuidados, las caminos secretos por las colinas y los arroyos que cantaban las aventuras del río. Recordé, entonces, un poema de Denis Glover:

I do not dare dream of Sussex downs

or quaint old England quaint old towns—

I dream of what may still be seen

in Johnsonville and Geraldine.

No sueño con Sussex ni sus beldades,

ni Inglaterra y sus curiosas ciudades;

sueño lo que queda por descubrir

en nuestro Jonhsonville y Geraldine.

Glover y los poetas de su generación creían que se podía encontrar material poético en los pequeños pueblitos de Nueva Zelanda, sin la necesidad de mirar siempre hacia la metrópolis europea. Su sueño de emancipación cultural parece estar cada vez más lejos de cumplirse, pero, desde las ventanillas del auto, qué lindo que se veía Geraldine, con sus cuestas anaranjadas, con sus rinconcitos poblados por conejos, con sus pequeños rituales cotidianos de tractores y recolectores de fruta.

Al tomar el camino que va a Christchurch, el tránsito se hizo un poco más denso, ya que se trata de la ciudad más poblada de la isla sur. A los costados, grandes paredones de pinos denotaban la presencia de platanciones. La luz del motor volvió a encenderse. Pensé en Tito, pensé en parar en una estación de servicio. Luego volvió a apagarse. A lo lejos, se comenzaba a delinear la silueta de una ciudad: no una metrópolis de pie, como Buenos Aires o Nueva York, sino una vasta extensión de construcciones bien separadas, una ciudad echada de espaldas. Sobre la urbe, una inmensa nube de humo anunciaba algún infortunio. Qué podría esperarse de Christchurch, la única ciudad de Nueva Zelanda que en los últimos tiempos había sufrido terremotos y terrorismo antiislámico, entre otras excentricidades desastrosas.

Cuando entré en la ciudad, la nube de humo se hizo invisible. Desde adentro, las atrocidades y las catástrofes no se pueden percibir. Christchurch parecía un entramado gris de puentes y de autopistas, y de rotondas y de paredones. Por ningún lugar se insinuaba la actividad intensa de una ciudad. Me dejé llevar por el tránsito hasta que encontré mar. Continué por ese camino, intuyendo que pronto aparecería una playa: algo en el aroma del aire anunciaba la arena, algo en los vientos vespertinos remedaba las olas, y sí, en efecto, detrás de un murallón de arbustos, comenzaba la Sunmer Beach, una vasta extensión de arena en cuya rompiente crujían rodillos de olas. Por segunda vez en el día, toqué el violín con el agua por los tobillos: antes había sido el lago Tekapu; ahora, era el Océano Pacífico. Mientras desafinaba la melodía de «Nulla in mundo pax sincera», por el rabillo del ojo creía entrever el mundo pintado por los colores venturosos de Verne y Stenvenson, de Herman Melville y Emilio Salgari, creía adivinar un laberíntico manojo de caminos que siempre llegan a buen destino.

Al atardecer llegué a la casa del amigo de mi amigo, mi huésped en Christchurch, en cuyo nombre resonaba Herman Hesse: Demian. Su casa estaba justo frente a un río. Demian resultó ser músico y lector de Nietzsche. Con gusto me cedió su patio para que durmiera en mi auto. Conversamos largamente y me contó diversas historias sobre su vida en Nueva Zelanda. A la noche, asó el cadaver del pez que había sacado del río esa tarde; junto a las brasas, coloqué mis modestas verduras. Después de comer fuimos a dar una vuelta por el bosque que estaba en la orilla opuesta. Allí, los pastos mojados y ennegrecidos revelaban la actividad de los bomberos: de ese bosque había surgido el incendio que había entrevisto al llegar a Christchurch. Aquel humo ominoso que se posaba sobre la ciudad era la continuidad de estas plantas chamuscadas que tenía enfrente. Quién nos garantiza que el cobre que somos hoy no se despierte mañana convertido en corneta, o que el árbol se despierte hecho ceniza.


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