COLUMNISTAS

Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

De sur a norte. Parte 2: Una luz de alarma

8:35hs
domingo 26 de abril, 2020
Jerónimo Corregido
Obra de Priscilla Clare

La mañana despuntó fría en Christchurch. El auto estaba levemente escarchado. Abrí el portón de la casa de Demian y salí intentando hacer el menor ruido posible. Pronto estaba otra vez en la ruta: hacia el norte, por la ruta 1 que atraviesa la isla de punta a punta; hacia el norte, hasta cruzar a la siguiente isla y manejar hasta Tauranga, el destino que el día anterior había parecido vago y remoto, pero que hoy se anunciaba con una inminencia insoslayable.

Luego de una parada para cargar nafta, la luz del motor se volvió a encender y no se apagó. Luego de unos veinte kilómetros, decidí parar al costado del camino para darle una hojeada al manual del auto. Era Nissan: estaba íntegramente en japonés. Retomé el camino y la luz seguía ahí, amenazando humo en el capó, o difusos problemas electrónicos, o disparates en las bujías, o quién sabe qué desgracias futuras. Recordé las lecciones de Tito en Queenstown: «acá va el aceite, y acá el líquido refrigerante, y esto no lo vayas a abrir cuando el auto está caliente, no seas pelotudo». Así era la escolástica de mi amigo: clara y dogmática. También había dicho algo sobre el aire acondicionado: «unos chirimbolos que hacen girar una perillita y eso ventila un bichito que le da refrigeración al motor». Seguramente había usado palabras mucho más técnicas, pero para mí todo eran chirimbolos y bichitos. Encendí el aire acondicionado. La luz del motor se apagó.

Desbordado por la proeza técnica más grande de mi vida, aceleré por la ruta 1 y tomé las empinadas curvas de las montañas al norte de Christchurch. A los costados se abrían precipicios boscosos, y los árboles derramaban colores. El otoño es una gran estación para emprender viajes. Bilbo salió con los enanos en otoño rumbo a la Montaña Solitaria; también Frodo partió rumbo a Bree en otoño. «Season of mists and mellow fruitfulness», dijo al respecto John Keats, «close bosom-friend of the maturing sun». Hay algo en el aroma que embelesa los sentidos, un gusto en el aire que anuncia aventuras e invita a la fantasía. El paisaje despliega todo su repertorio de recursos pictóricos, y por momentos uno se siente dentro de un cuadro.

Luego de algunos kilómetros de subida, la luz del motor volvió a encenderse. Prendí el aire acondicionado. La luz se apagó. La relación de causa y efecto entre estos dos procesos me era por completo ajena, y agradecía que la sabiduría de mi amigo Tito me hubiera acompañado en esos momentos de perplejidad teórica: como el discípulo del maestro chino, que debe memorizar las enseñanzas sin cuestionarlas, doctrinariamente, para poder recordarlas en los momentos necesarios.

Cuando pude bajar de aquellas cimas circulares, hice una parada en Paia, un punto junto al mar, al costado de la ruta. Estaba a mitad de camino de Picton, el lugar donde esa tarde a las 6 debía abordar el barco que me cruzaría a la isla norte. Era el mediodía y tenía tiempo de sobra, así que me quedé un largo rato en los promontorios rocosos de Paia, olvidado de la ruta y de la luz del motor, olvidado de la existencia de lugares como Queenstown o Tauranga o Berisso: me perdí en plena contemplación, en ese mundo similar a la duermevela, donde el tiempo se derrite y pierde su cohesión, en ese limbo dorado donde la realidad tiene forma de bruma. Las olas estallaban contra las piedras con un sonido repetitivo y monótono. En el agua danzaban ovillos de algas marrones, que desde lejos parecían las aletas de unos peces en cardumen.

Cuando pude salir de aquel pozo contemplativo y retomé la ruta, la luz del motor volvió a encenderse. Confiado, prendí el aire acondicionado, pero la luz no se apagó sino unos diez kilómetros después. Y luego volvió a encenderse, sin hacer caso de las perillas del aire acondicionado y la calefacción. Entonces pensé que quizás no hubiera, en efecto, ninguna relación comprobable entre el absurdo botón del aire, que accionaba chirimbolos y bichitos refrigerantes, y la causa de la luz del motor; quizás yo seguía insistiendo con el aire acondicionado para atraer las buenas vibras de Tito, sus energías positivas y su buen humor, a falta de herramientas más efectivas.

Picton es un pueblo en el extremo de la isla sur, cuya principal actividad es el transporte de pasajeros en el ferry, el barco que cruza de isla a isla. Pese a ser un lugar de tránsito, ese día lucía desolado. La mayoría de los comercios estaban cerrados y no se veían autos ni gente en la calle. Estacioné cerca del puerto de embarque y salí a caminar por el centro, hasta que encontré uno de los pocos cafés que quedaban abiertos. «¿No te enteraste?» —me dijo el encargado— «la Primera Ministra decretó que en 48 horas empieza la cuarentena total. El ferry de las 6 es el último que va a cruzar». Me iba al norte en el último barco; tenía dos días para llegar a Tauranga, que ahora volvía a parecer remota, y encontrar un lugar donde vivir. El encargado del café tomó mis datos antes de servirme: nombre, pasaporte, nacionalidad, teléfono, dirección, cuándo había entrado en Nueva Zelanda. Ahora todo eso era obligatorio.

Desanduve las calles vacías y repentinamente ventosas y llevé el auto a la terminal de embarque. Una larga fila de vehículos de todo tipo esperaba para entrar. Por todos lados había carteles que disuadían a la gente de viajar: «Only emergency travel». Y otros que empezaban a repetir la frase que pronto sería un mantra en todo el país: «Be kind, stay safe». Sea amable, permanezca a salvo. Pórtese bien y tome toda la sopa. No viaje, no toque nada, no hable con nadie, haga lo que le decimos o ya va a ver.

Dejé el auto en el estacionamiento del barco y subí a la sala de cubierta. Los pasajeros solo hablaban del coronavirus: la palabra resaltaba en las conversaciones en inglés, francés, alemán, español, italiano. Los múltiples televisores de la sala mostraban noticias alarmistas, medidas gubernamentales, cifras de infectados y muertos, médicos chinos disfrazados de astronautas. En la mesa de al lado, un mujer tosía convulsamente en una bolsa de papel. Detrás de mí, una pareja de ancianos ingleses no paraban de estornudar. El sonido de la gente sonándose la nariz despertaba la más profunda suspicacia. La tripulación ostentaba sus guantes de látex y sus barbijos, que serían la nueva moda en las semanas venideras. La mujer de la mesa de al lado seguía tosiendo en la bolsa de papel, como si el propio virus pujara por salir de ella para manifestarse frente a nosotros en toda su majestad.

Estaba cruzando de una isla a la otra en el último barco, durante el comienzo de la primera catástrofe internacional del siglo XXI; tenía dos días para llegar a Tauranga y encontrar hospedaje permanente, o enfrentar las consecuencias: de eso se trataban, a fin de cuentas, las aventuras, de atravesar escenarios difíciles, de sortear pruebas inesperadas, de exponerse a los peligros del mundo, de cruzar de una isla a la otra de Nueva Zelanda en medio de la primera crisis del siglo XXI. A eso había venido. La mujer de la mesa de al lado no estaba tosiendo, ni el coronavirus intentaba manifestarse en ella. Estaba vomitando. La había mareado el movimiento del barco.

Llovía en Wellington cuando salí manejando del estacionamiento del ferry. La capital del país estaba tan solitaria y vacía como Picton: ni un alma en las calles. La noche y la lluvia caían como una doble capa sobre la ruta 1. Hacia el norte, siempre hacia el norte, casi hasta la medianoche, cuando vi un cartel que mostraba la entrada a Waikawa, una reserva natural donde sabía que podría quedarme a dormir. El camino era de ripio y bordeaba las colinas arboladas. El camping estaba algunos kilómetros dentro de la espesura, en un valle al que se descendía por una cuesta empinada. La luz del motor se encendió una vez más, pero no me molesté en prender el aire acondicionado. Encontré un lugar para estacionar entre dos arbustos frondosos y me quedé dormido casi enseguida.


Más columnas de Jerónimo Corregido

EL MUNDO DE BERISSO © 2020 - Edición Dígital. Todos los derechos reservados.

Inhouse - Soluciones web