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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

De sur a norte. Parte 3: Para venir he venido

9:47hs
domingo 3 de mayo, 2020
Jerónimo Corregido
Ilustración de El Hombre Grenno

Waikawa, que la noche anterior había parecido un manojo de monstruos y presagios, amanecía llena de palmeras y helechos, de musgo y enredaderas. Huí de aquellas profundidades frecuentadas solo por vacas y ovejas, y retomé la ruta 1. Una nube de pánico pesaba en la atmósfera, visible apenas en la mirada cómplice de los empleados de la estación de servicio, adivinada en los inusuales bocinazos en las rotondas, percibida en los propios pensamientos que, en vez de concentrarse en la luz amarilla que se prendía en el tablero, se iban hacia otro lado.

Porque la luz del tablero se seguía encendiendo, en su continua anunciación de posibles humos en el capó o hipotéticas fallas en el motor. Sin embargo, ya no me preocupaba por tales nimiedades, cuando Tauranga, que se aproximaba geográficamente, se volvía cada vez más inasible en la mente. Este era el anteúltimo día de libre circulación, antes del comienzo del aislamiento obligatorio. ¿Dónde pasaría la cuarentena?

Al mediodía llegué a Taupo, el lago más grande del país, mucho mayor que el ya inmenso Wakatipu. Este era, de alguna manera, el lugar donde había nacido la historia de Nueva Zelanda, si por «historia» entendemos el registro de sucesos sobre lo que supuestamente ocurrió. Este lago con pretensiones oceánicas era el producto de la erupción volcánica más grande de los últimos 5000 años, cuando en estas islas remotas aún no había maoríes, ni moriori, y los blancos pakeha no había sido vistos en las orillas; este lago con pretensiones oceánicas era el agujero dejado por una explosión. Si se trata del primer suceso histórico de Nueva Zelanda, es porque el hecho fue registrado por otras civilizaciones. En la crónica china Hou Han Shu está asentado que, en el reinado del emperador Ling Ti (168-189) el cielo se vio durante varios días «rojo como la sangre». El documento romano Historia Augusta dice que poco después de la Guerra de los Desertores (186) se pudo ver cómo el cielo «estallaba en llamas». Una confirmación más se puede encontrar en los escritos del historiador Herodiano, quien enumera una lista de rarezas en el reinado del emperador Lucius Aurelius Commodus (180-192): «Las estrellas permanecieron visibles durante el día, y otras se volvieron elongadas y parecían colgar del aire». Tanto el cielo rojo de China como el de los romanos, así como las estrellas turbias de Herodiano, eran la extensión del lago Taupo, cuyas primeras olas se insinuaban entre la lava y el fuego. El agua, cuando me metí a tocar el violín, me pareció helada.

La ciudad lucía los remanentes de la histeria que florecía en los países de Europa: los pocos cafés abiertos no servían comida y solo vendían bebidas para llevar. La gente portaba una interesante mezcla entre reticencia a las nuevas reglas de distanciamiento y propensión al nerviosismo.

Ahora la ciudad quedaba atrás y Aj Hickling desplegaba todo su potencial en el paisaje, o sería que el disco, que no había parado de girar desde Queenstown, entraba en su contexto justo: largas praderas de verde heterogéneo, campos ondulados donde los rediles moteaban el lienzo, colinas siempre distantes. Los arpegios del piano declaraban lo evidente: estaba entrando en Rohan. Los caballos pastaban al costado de la ruta; pronto los Rohirrim los vendrían a buscar para llevarlos a los establos. Detrás de alguna de aquellas montañas, sin dudas estaba Edoras, oculta entre los riscos. El auto iba tan contento por aquellas rutas, que la luz del motor se olvidó de manifestarse.

Atrás quedaba Taupo, y ya pasaba Rotorua, y antes del final de la tarde llegaría Tauranga. El clima generoso del norte se percibía en el paisaje, donde el verano parecía haberse demorado unas semanas más. Luego de la zona árida del volcán Tongariro, comenzó una región montañosa llena de desfiladeros y pendientes, donde las curvas bruscas se sucedían una tras otra. El destino final estaba detrás de esas cuestas. ¿A qué había venido? El propósito, que había parecido tan claro en Queenstown unos días atrás, se velaba ahora con brumas y cuarentenas. Las sombras se alargaban en el asfalto franqueado por paredes de roca; la ruta no permitía manejar más de doscientos metros en línea recta, el camino se había vuelto un revoltijo de volantazos y subidas. Entonces lo recordé, con la voz de Neruda: «Para venir he venido». En realidad el poeta chileno decía otra cosa, pero ahora no importaba, porque luego todo quedaba aclarado: «para cercar el paso de cuanto se aproxima, de cuanto a mi pecho golpea como un nuevo corazón tembloroso». ¿Lo recordaba, o lo estaba inventando? Detrás de esas últimas montañas, estaba, por fin, Tauranga.

 


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