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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

Todos los lugares están en todos los lugares

9:18hs
lunes 8 de junio, 2020
Jerónimo Corregido

Foto por Mara Nerone

Era una de esas tardecitas privilegiadas en las que el ocaso dura horas y sobre el paisaje cae una paulatina gama de colores. Sobre los pastizales resplandecía «aquel brillo desesperado y final/ que herrumbra la llanura/ cuando el sol último se ha ido». La luna iba ganando nitidez y contorno en el oeste, del lado del río; el cielo del campo se abría en todas las direcciones, y desplegaba sus innumerables matices: la escala tonal del firmamento mostraba todo su repertorio armónico. El paisaje entero festejaba el fin del día. A los costados del camino, los grillos ensayaban sus canciones estridentes; desde los árboles, los pájaros se entretenían con sus payadas misteriosas. Zorzales, horneros, bichofeos y quién sabe cuánta alimaña más que daba nombre a esas calles de tierra, porque el lugar era, por supuesto, Los Talas, en las afueras de Berisso. ¿Qué se habían pensado?

Es que los patrones geográficos son tan únicos que, para recordarlos, debemos restar detalles de su entramado; de ese modo, nos quedan retazos de lugares, imágenes confusas que hacen que los atardeceres de Los Talas se parezcan mucho a los de Rotorua, y los de Rotorua a los de Rohan, y así sucesivamente. No en vano, quizás, afirma Douglas Hofstadter que todo pensamiento procede a partir de analogías.

Así pues, no solo el cielo de Los Talas se parece al de Rotorua, sino que el cielo de Rotorua está en Los Talas, y viceversa, así como, si se observa detenidamente, se pueden adivinar las calles de Junín en cualquier esquina de Te Puke, y la base del Aconcagua en el rumor de la corriente del Bósforo: todos los lugares están en todos los lugares. Así nos pareció aquella tardecita en Los Talas, cuando las amplitud del cielo nos invitaba a imaginarnos en Uruguay, o en Marruecos, o en Las Heras.

En uno de sus cuentos más famosos, Borges describe el aleph como un punto del espacio que contiene todos los demás puntos. Lo que se nos ocurrió aquel día en Los Talas era que cualquier espacio es un aleph, que cualquier rincón puede ser el portal a todos los lugares. Quizás este fenómeno dependa más del modo de observar que del objeto contemplado. Es posible que muchas personas lo hayan descubierto durante la cuarentena; tal vez hayan encontrado, en la pared de la cocina, o en el espacio entre la mesa y las sillas, aquella esquina frecuentada en la adolescencia, o las arenas de alguna playa querida, o las laderas de una montaña aún por descubrir.

Todos los lugares contienen todos los lugares porque no hay más que un solo lugar en el universo: la Unidad total con la que soñaba el poeta Ralph Waldo Emerson, que incluye desde el Big Bang hasta los pedos del vecino, pasando por las montañas de Queenstown y los bosques de Tauranga. Como decía Carl Jung, basta con cerrar los ojos para encontrarse con todos los paisajes experimentados por la humanidad, con esa serie de memorias compartidas que él llamaba «inconsciente colectivo»: una especie de aleph interior. O será que cualquier paisaje puede remitir a cualquier otro debido a esa falta de imaginación de la naturaleza, que se obstina en los mismos hábitos en todos los meridianos.

Escribo desde Tauranga, en el norte de Nueva Zelanda, y pronto contaré más.


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